
Un futuro incierto
La ideología dominante impone su solución única a los problemas, busca convencer a la mayoría y avanza sobre derechos, consolidando un bloque de poder que refuerza su hegemonía y dominio.
En los inicios de nuestro país, Alberdi, uno de los principales intelectuales de su tiempo, empero, mal invocado por los actuales libertarios, reflexionó sobre las condiciones económicas de América Latina y afirmó que: "La economía en Sudamérica es la ciencia que estudia la pobreza, como en Europa es el estudio de la riqueza, para satisfacer a la necesidad que tiene América de salir de su estado de pobreza…". Además, agregó que "el medio más eficaz de mantener a un país en dependencia de otro es mantenerlo pobre. La pobreza es la dependencia, como la riqueza es el poder, y el poder la libertad". Sin embargo, la generación posterior, la de los años ’80, carecía de la grandeza de la anterior, pero tenía mayor poder. Estos actores fueron liberales en lo económico y conservadores en lo político, una combinación que refleja, hasta cierto punto, la actualidad económica y política de Argentina.
Desde sus orígenes, Argentina atravesó tres grandes modelos de acumulación: el agroexportador, el de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) y el de valorización financiera o mejor dicho vulnerabilidad financiera. Este último comenzó con el golpe de Estado de 1976, conocido como el "Proceso de Reorganización Nacional", que marcó el fin del modelo industrial. A partir de entonces, el país adoptó un modelo financiero-rentístico, caracterizado por la apertura a los capitales globales. En 1991, este modelo se consolidó bajo el neoliberalismo extremo aplicado por el gobierno de Carlos Menem, quien se posicionó como un ejemplo ante el FMI y el mundo financiero. Los halagos simplemente alimentaron su ego, dado que las políticas de libertad de mercado, privatizaciones e integración financiera global respondían más a las demandas del Consenso de Washington que a los intereses nacionales. Según datos de la OCDE y la CEPAL, este modelo resultó claramente ineficaz: mientras el modelo agroexportador (1880-1945) registró un crecimiento anual del 1,29% del PBI per cápita y el industrial (1946-1976) alcanzó el 2,1%, el financiero-turístico (1976-2000) apenas llegó al 0,24%.
A pesar de estas cifras, persiste el mito del capital extranjero como motor del crecimiento económico. Diversas organizaciones, como la Bolsa de Comercio, continúan exigiendo la eliminación de las restricciones impuestas al ingreso de capitales. Paralelamente, los economistas del establishment y los grandes medios advierten insistentemente que las inversiones externas no llegarán si no se garantiza la "previsibilidad" económica y la "seguridad jurídica", términos que, en esencia, buscan legitimar la intocabilidad de los privilegios del capital extranjero. “Es necesario terminar con el fetichismo que lo reverencia como la fuente del desarrollo; por el contrario, su ingreso debe ser selectivo y muy controlado, evitando la extranjerización de nuestra economía.”
Luego del fracaso neoliberal, se aplicó un nuevo modelo basado en la distribución del ingreso, lo cual reactivó nuevamente el mercado interno. “Si bien ocho años es poco tiempo, es evidente que a partir del año 2003 el PBI por habitante creció a un promedio más de un 7% anual. Es de esperar que esta vez no se repita la historia de continuos vaivenes y que haya continuidad para bien del país y de su futuro.” Para descontento de Zambon, el país está nuevamente sufriendo vaivenes, en los cuales se toma de ejemplo a los gobiernos de Menem, presidente por el partido justicialista.
Hoy en día, resulta difícil realizar una caracterización precisa del modelo económico actual, especialmente considerando los alarmantes indicadores de deterioro social. Entre ellos, destaca la pobreza, que ha alcanzado al 55% de la población, registrando un aumento de más de 10 puntos respecto del año pasado. Este escenario se explica, en gran medida, por el ajuste aplicado al sector público, la caída en los ingresos de los trabajadores informales y el aumento sostenido del desempleo. Además, aunque los salarios privados han disminuido, la dinámica de los convenios colectivos podría permitir una recuperación a niveles de 2023 el próximo año. Asimismo, la desaceleración de la inflación mejora las perspectivas económicas a mediano plazo, a pesar de la recesión y la falta de incentivos para invertir ante una débil demanda
La situación no mejora, “no hay panacea en economía: como lo narra la literatura sobre regímenes de acumulación que solía utilizar Eduardo Basualdo, éstos pueden representarse como ciclos que nacen de forma violenta y contradictoria, maduran emparchando las tensiones internas y terminan en una crisis más o menos severa, que expone las contradicciones y las luchas entre sectores por la definición de un nuevo régimen de acumulación.”
El Estado desempeña un papel crucial al inicio de un nuevo ciclo de acumulación y distribución, estando o no presente, se coloca por encima de los conflictos internos para guiar el proceso. La recuperación del salario real, impulsada por las paritarias que superan la inflación, puede activar el consumo y, a su vez, reactivar la economía, generando las inversiones actualmente ausentes. Esta lógica, basada en una visión keynesiana, ofrece una base para pensar en el reinicio de un régimen de acumulación orientado desde los salarios privados. Sin embargo, este escenario enfrenta un obstáculo fundamental: la falta de divisas, un problema estructural que limita la capacidad del gobierno para sostener el crecimiento económico. Sin divisas suficientes, el incremento de las importaciones asociado al crecimiento económico puede generar desequilibrios, especialmente en un contexto donde el gobierno parece priorizar políticas liberales que podrían acelerar la dependencia de bienes importados.
El modelo económico actual no logra atraer inversiones extranjeras significativas, lo que agrava el problema de las divisas. Por el contrario, varias empresas transnacionales han abandonado el país, anticipando una contracción del mercado interno. Esta "espera por la lluvia de inversiones", típica del pensamiento liberal, es improbable en un país como Argentina, donde las inversiones extranjeras han tenido históricamente un rol complementario y no estructural. Incluso en los años noventa, estas inversiones fueron resultado de las privatizaciones, un traspaso de activos estatales que hoy sería difícil de replicar, dado que quedan pocas empresas por privatizar y el gobierno carece de fuerza política en el Congreso para impulsar estas iniciativas.
Para que este modelo económico funcione, es necesario eliminar la inflación y lograr un crecimiento sostenido de los salarios reales sin trasladar esa presión a los precios. Además, el incremento en las importaciones asociado al crecimiento debería ser compensado con una entrada suficiente de divisas. Sin embargo, el riesgo de un colapso interno, con un renovado furor por la compra de dólares, restricciones insostenibles y una fuga de divisas incontrolable, podría desencadenar una crisis especulativa similar a la ocurrida durante la gestión de Macri. En este contexto, es importante recordar lo que la experiencia histórica nos ha enseñado: “que la dependencia económica no es un simple concepto sino que se trata de algo real y concreto y que en las alianzas y acuerdos con los países centrales el beneficio nunca es para nosotros, los que vivimos en los países periféricos.”
Así, el éxito de este modelo dependerá tanto de las divisas disponibles como del contexto internacional: un ciclo de acumulación con crecimiento y desempleo podría ser posible, pero, sin las condiciones adecuadas, el país corre el riesgo de repetir un escenario similar al final de los años noventa, marcado por recesión, conflictividad social y falta de financiamiento externo.
Fuente: El Emperador